miércoles, 30 de marzo de 2016

Aristocracia y mestizaje: identidades de fuego en la sociedad chilena

Por Anónimo (Photographed at the Maison de l'Amerique Latine)
[Public domain], undefined. Wikimedia Commons


    Se ha dicho en innumerables ocasiones que la familia Lisperguer fue la primera familia colonial de Chile, uno de los linajes más poderosos e importantes de la Conquista, emparentados con los duques de Sajonia, con una dinastía real y hasta con los emperadores alemanes...


        Cabe preguntarse de dónde viene semejante poder y cuánto de realidad o fantasía hay en estas afirmaciones. El conquistador alemán Pedro Lisperguer convivió con el Emperador varios meses en su ciudad natal Worms, y luego viajó en su séquito por el sur de Alemania y los Países Bajos. De ahí viene gran parte del grandioso mito de los Lisperguer, cuyas voces resuenan en multitud de dichos y leyendas. Para un chileno la familia Lisperguer es equiparable a la familia Tudor y de ahí el orgullo de casta que para bien o para mal tienen los que descienden de él. 

      Sin embargo, no todo es nobleza y aristocracia, en el sentido europeo que se puede tener del término, sino que hay otros elementos, otros ingredientes, que vienen a enriquecer el carácter de esta familia y a dotarla de una especial peculiaridad. Efectivamente, cuando Lisperguer llegó en Chile en 1556 ya hace varios años que se había establecido su compatriota Bartolomé Blumen. Es bien cierto que en los primeros tiempos de la Conquista habían muy pocas mujeres blancas y que esto condicionó la política de matrimonios y emparejamientos. 

      Buen administrador y agricultor, Blumen se dedicó al cultivo de diversas legumbres y viñedos en Viña del Mar, así como a la cría de distinto tipo de ganado. Con el objeto de consolidar el dominio de sus posesiones se vino a juntar con Elvira, la cacica de Talagante. Doña Elvira era la señora feudal por título del inca y después de Pedro de Valdivia, del valle de Aculeo y de la Compañía. Fue hija de Tala Canta Ilabe, cacique de Talange e Ilabe y de Lanka Curiqueo de Talagange. Su padre Tala Canta Ilabe fue un gobernador Inca de una zona de Collasuyo, correspondiente al Ayllu donde actualmente se encuentra Talagante. De linaje o Panaca, participa como aliado de los conquistadores españoles en los hechos de 1575. En 1430, cuando el Inca Túpac yupanqui inicia una gran campaña militar que culmina con el establecimiento de una verdadera frontera en el río Maule. Ilabe, un noble linaje de Hurin Cusco (mismo linaje de Cápac Yupanqui) comandó las fuerzas imperiales que se establecieron en el valle Llollehue, entre los ríos Maipo y Mapocho y decidió fundar un Mitimae y un Pucura, tarea que confió a su hijo Tala Canta Inca Ilabe. 

Aunque Elvira se bautizó, no contrajo matrimonio con Bartolomé Blumen sino que fue su amante. De esta unión nació Águeda Flores, mestiza, muy rica y que posteriormente casaría con el conquistador Pedro Lisperguer Wittemberg. Muchos historiadores y sociólogos se han quedado perplejos ante semejante unión y se han preguntado como Pedro Lisperguer -que se supone descendiente del duque de Sajonia- pudo haber estregado su mano principesca al linaje éxotico -si bien noble- de una princesa americana. 

Clasismo, racismo, arribismo, mezcla de razas diversas, todo ello forma un revulsivo, un barril de pólvora lanzado contra la sociedad chilena, todo un mundo sujeto a infinitas interpretaciones, un tópico de gran atractivo, sujeto a toda clase de análisis y debates. Acusaciones de judaísmo, mestizaje, arios mezclados con hechiceros, superchería y racionalismo, luces y sombras, claro-oscuro de un amplísimo espectro ideológico. 

    Lo que está en juego es la identidad chilena. Durante siglos ha habido una pugna de identidades, una lucha de una sociedad blanca que recelosa de sus prerrogativas y de sus estatus, se ha afanado en arrinconar al indio e intentar de forma consciente o inconsciente su desaparición. Pero en los Lisperguer, por paradojas del destino, se invierte el orden de las cosas, los mestizos se constituyen en clase dominante y se prevalen tanto de sus influjos indígenas, como de sus conexiones españolas, para hacer valer sus maquinaciones. 

      En el caso de los Lisperguer se produce una interesante fusión de culturas, de credos, de idolotrías que emergen en oposición al confesionalismo oficial. Pócimas, ocultismo y ritos ancestrales, se contraponen al orgulloso mundo español, plagado de trabas formularias, actitudes remilgadas, displicencia y aires de grandeza. La Quintrala aniquila a su servidumbre indígena como si quisiera borrar de su propia identidad el elemento espúreo del que reniega. Es como si una misma sociedad híbrida se sometiese a la expurgación de la historia en búsqueda de su verdadera personalidad. El menosprecio a la raza vencida se codifica como un medio de representación e intercambio que se infiltra en todos los estratos de la sociedad. Pero la rueda de la fortuna hace que una casta alemana proteja con su aureola legendaria de su estirpe a otra americana, haciéndola resurgir triunfante en el escenario social. 


Otros casos en América

    El mestizaje ascendente y dominante no sé dio sólo en el caso de los Lisperguer. Hay otros ejemplos muy ilustrativos en la historia de América. Es bien conocido como Hernán Cortés y Francisco Pizarro tuvieron hijos mestizos. Por ejemplo, Cortés se une a una india mejicana llamada doña Mariana, gran señora y cacica de pueblos y vasallos. De ese enlace nace Martín Cortés, que aún siendo mestizo, recibe el Hábito de Santiago. 

     Uno de los descendientes de Luis Diego Moctezuma, llegó a ser regidor de Toledo, pretendiendo un Hábito de Santiago alegando que era biznieto del último rey azteca. Otro caso es el de Carlos Inca, nieto de Huaina Capac, emperador del Cuzco, que casó con doña María de Esquivel, gozando de grandes favores por parte del rey de España. Más próximo a la realidad de Arauco fue el caso de Gonzalo Martínez de Vergara, hijo de Francisco Martínez, hombre de gran caudal y valía y el de Mariana Pichunlien (Pico de Plata), india picunche de Chacabuco. Asimismo, está el caso de Diego Martínez de Prado que se unió a Petronila de Medina, cuya bisabuela fue Barbola Díaz “La Coya”, sobrina del célebre Atahualpa.

Conclusión 

         La sociedad chilena es una sociedad híbrida no cabe duda, los numerosos estudios científicos que se han hecho así lo han demostrado. Un niño con instrucción, sea del color que sea, es un joven lleno de potencialidad que mira con optimismo al futuro, es un ente que desdice a su espejo porque ha triunfado su furor intelectual. Luego está el cinismo de las grandes proclamas igualitarias, las dobles lecturas, los dobles estándares, el desajuste entre lo que se dice y lo que se hace. Todos discriminamos y somos discriminados. Es la espiral interminable de la segregación. En la humilde mirada de un niño puede yacer la virtud de un pueblo. Neruda supo encontrar esa tierna mirada, genuina, virtuosa, trascendente...Chile, tierra de promisión, saludemos al destino con la sonrisa iluminada de la hermandad de los pueblos. 

                                       Daniel Piedrabuena Ruiz-Tagle

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Daniel Piedrabuena Ruiz-Tagle 


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